Sor Catalina de San Bernardo y el aliento del oficial.

SOR CATALINA DE SAN BERNARDO Y EL ALIENTO DEL OFICIAL

 

Dejamos por un momento las leyendas con monja de protagonista, en las que no salen bien paradas, y traemos el increíble y sorprendente pensamiento de que fue objeto otra monja cacereña, sor Catalina de San Bernardo, de la familia de los Ovando.

En edad núbil optó, como las anteriores, por una vida de dedicación a Cristo, profesando, en este caso, en el desaparecido convento de la Purísima Concepción. Coetánea y compañera de la más conocida sor Juana de la Madre de Dios, a la que por cierto también se le aparecían demonios que ponían a prueba su fe, sor Catalina estaba dotada, según las crónicas, de una extremada mesura y prudencia… ¡Y de una más aún extraordinaria castidad!

Ignorante de cómo se concebía, por encima de su buen entendimiento para otros asuntos, tuvo el extraño pensamiento de que ello sucedía con sólo respirar el aliento de los varones, en el que viajaban las semillas fecundas.

Acaeció cierto día que en el convento se antojaron necesarias unas reparaciones, para cuyo cometido mandaron llamar a un oficial que hiciera el trabajo. Y encomendaron a sor Catalina que le acompañara en la clausura para la necesidad de su ministerio.

Cuentan que, vuelto el hombre hacia la monja para hacerle una pregunta sobre el asunto que le concernía, ésta sintió en su rostro el golpe del aliento del oficial, y en virtud de su extraordinario entender, creyó firmemente en que, en ese mismo momento, se había puesto en situación franca de haber quedado preñada, para su mayor vergüenza.

Su amargura y miedos fueron tales que en sus oraciones rogó con pasión al Señor que no permitiese la tropelía, ni siquiera como prueba de su entrega. La desazón y el convencimiento llegaron al grado de, temiendo por su estado y su discernimiento, enviar aviso a un tal fray Jerónimo de Ulloa, reverendísimo padre de la religión de Santo Domingo. Personado y siendo enterado de la aflicción de sor Catalina de San Bernardo, lleno de admiración tuvo la difícil tarea para sus hábitos de desengañarla y consolarla dándole explicaciones más naturales.

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