Otra joven endemoniada.

OTRA JOVEN ENDEMONIADA

 

Y aprovechando que estamos de anochecida, continuaremos con estas otras historias que forman parte de lo que vamos a llamar el lado oscuro de Intramuros. Inés Panduro no es la única endemoniada de la que el tiempo ha dado noticia. Mucho antes que ella vivió en la Villa una niña conocida por Isabel González…

Por el año de 1532, estuvo también poseída del demonio, según atestigua una tabla de milagros que durante mucho tiempo estuvo expuesta en la ermita de San Benito, en la periférica sierra cacereña de los Alcores.

La ermita fue muy famosa en su época, hablamos del siglo XVI, y fue objeto de una ingente peregrinación desde España e, incluso, del vecino Portugal, no obstante rodearse de cierto halo de misterio dada la posible vinculación de la Orden benedictina con los caballeros templarios. El motivo de tanta visita y devoción no era otro que la guarda de un fragmento óseo de unos dos centímetros de San Benito, al que pronto se le presumió que obraba maravillas.

Todos estos hechos extraordinarios fueron calificados de milagrosos y atribuidos a la mediación de la reliquia del santo; y todos ellos, hasta un total de dieciséis, llegaron a figurar en una tabla, que hasta no hace mucho se exponía en la propia ermita, y que hoy, al parecer, se ha perdido. Enfermos desahuciados que alcanzaban la salud nada más cruzar las puertas de la ermita, endemoniados a los que se les alejó de todo mal… Entre estos últimos se daba noticia de lo sucedido a nuestra protagonista.

Creyendo los padres que el mal le había entrado en su cuerpo, la llevaron a la ermita de San Benito, confiando en que por la intercesión del santo había de quedar sana.

Nada más cruzar sus puertas, fue sometida a toda suerte de conjuros, hasta que, puesta de rodillas ante el Altar, le ataron los pulgares de las manos al tiempo que inquirieron al demonio que la tenía poseída:

Da señal, puto, perro.

Y, entonces, de lo más profundo de la niña brotaron unas toscas palabras:

Puta, suéltame, que yo me iré de aquí.

En requerimiento de señal que probaran su intención, al tiempo que el cuerpo se movía con grandes extremos, de la boca de la pobre desventurada salieron dos agujetas67 y una moneda blanca que hasta hace no mucho tiempo aún se podía ver colgada en la puerta de la ermita.

Expulsado el demonio de esta manera, la niña, ya sana, pudo entonces decir:

Madre, suélteme, que ya estoy buena.

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