Las cinco lises.

LAS CINCO LISES

 

Frontera a la Casa Mudéjar se levanta la de los Aldana, con las cinco lises que enaltecen el apellido de esta familia y que figuran en su escudo, cuya labra es el único rastro de una fachada que hace tiempo se cegó. Sobrados de blasones aunque limitados de fortuna, vinieron a Cáceres donde emparentaron con los principales de la Villa, arropados del lustre de los hechos que habían dado honor y fama a este apellido, de los que destaca el que sigue.

Hallándose enfermo Hernán Pérez de Aldana, fue aconsejado que tomara los aires del Monasterio de Montserrat, en las montañas catalanas. Y allá peregrinó para lograr una pronta recuperación a sus dolencias.

Estando un día, postrado en su camilla, atendiendo el ejercicio religioso, la insolencia de un joven quiso que subiera a su camastro para, desde la altura que le profería, observar mejor por encima del gentío que había en la iglesia, lo que dio lugar a una situación indecorosa e indigna que llevó a Aldana a pedir respeto por su persona. El atrevimiento trocó en una actitud irreverente, pues el usurpador, en su soberbia, persistió en sus maneras…

Si supierais con quien estáis hablando…

Si no lo sabía, Hernán Pérez lo averiguó, y no se arredró cuando supo que se trataba del sobrino del mismo rey de Francia Felipe I. Estando recuperado de su mal, solicitó permiso al suyo de Castilla, Alfonso VI, y obteniéndolo, con este conducto se presentó ante aquél, a quien pidió justicia ante el deshonor recibido. Retó, en presencia del monarca francés, al joven sobrino, que se las prometía felices dada la importante diferencia de edad y destreza.

El duelo se produjo y la suerte cayó, para mayor sorpresa de los presentes, en manos del castellano. Deseoso de dar satisfacción a su deseo de reparar la honra mancillada, fue a dar muerte al retado, momento que paró oportunamente Felipe I, rogando a Aldana que, habiendo lavado ya su honor con la victoria, respetara la vida de su pariente a cambio de la merced que desease, si en su mano estaba. Hernán Pérez le solicitó, para ponerlas como armas en su escudo, cinco flores de lis de las ocho que en el real francés había. Consideró el monarca extrema la petición, pero prestada su palabra y en juego la vida de su sobrino, compungido accedió a ella, no sin antes recordar para el futuro al noble extranjero:

Je te les donne, bien qu’elles soyent maldonnées –llamándose desde entonces Maldonado.

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