Penalidades y milagros de sor Juana de la Madre de Dios.

PENALIDADES Y MILAGROS DE SOR JUANA DE LA MADRE DE DIOS

 

Antes de proseguir con el paseo, con la figura y milagros de fray Juan de San Diego me viene a mente otro singular personaje que vivió en la Villa y al que también se le atribuyen algunos milagros, aún no tan celebrados y conocidos como los del fraile, y del que merece la pena dejar reseña, por ser su vida y padecimientos extraordinarios: sor Juana de la Madre de Dios, monja en el convento de la Purísima Concepción de Cáceres, edificio del que apenas queda rastro alguno, salvo una plaza que atestigua que antiguamente sobre su solado se levantaba el citado convento. Seguimos en el siglo XVII.

Esta mujer soportó en vida numerosas penalidades, a cual de ellas mayor, entre las que se cuenta el haber quedado tullida luego de soportar dolencias y penurias hasta doce años. Durante éstos la carne y el espíritu rindieron en ella una cruel batalla, de la que el segundo salió victorioso.

La crónica narra cómo casi todos los huesos de su cuerpo fueron uno por uno desencajándose de sus lugares, desde la cabeza a los pies; sólo las vértebras quedaron en su sitio. Excedieron los dolores, con extraordinaria intensidad, lo que no es difícil de imaginar, pues tobillos, rodillas, hombros, codos, muñecas y dedos salieron todos de sus junturas, incluso hasta la propia cabeza pareció írsele. Las quijadas era necesario unas veces que manos ajenas las cerrasen para que no se cayesen, y otras proceder a abrírselas con violencia para que pudiera comer o, siquiera, comulgar.

Todas estas penas las soportó con estoicismo y paciencia, y en las mayores crisis, cuando el resto de monjas del convento acudían a auxiliarla, ella las despachaba diciéndoles:

Déjenme, madres, que yo estoy en mi muladar; mi cuerpo es la ciudad de Jerusalén, que no ha de quedar piedra sobre piedra.

Jesucristo se le aparecía frecuentemente a sor Juana alentándole en sus sacrificios y mejorando su fe. No habiendo sido suficientes los tormentos anteriores, el crucificado dio permiso al demonio para que ejercitase en la monja su inicua actividad, con el ánimo de socavar su castidad y buscase la ruina del espíritu. Tan continuo fue el conflicto entre la madre y el infernal monstruo acerca de las tentaciones, que duró dieciocho años, recibiéndole casi a diario en su celda, en la que se presentaba de las formas más lujuriosas imaginables, y haciendo burla de ella diciéndole:

– ¿Qué pretendes, engañada mujer? ¿A qué aspiras o a quién esperas? Mira cómo te ha dejado tu Dios y te ha entregado en mis manos. Acaba ya y desengáñate, que es ilusión toda tu vida. ¡Entrégate a mi voluntad!

Socavar no socavó el demonio la férrea y ferviente voluntad de la monja. Y por ello, gozó de favor divino. Es así que se cuenta de su mediación que sucediera lo que se consideró en su tiempo un milagro:

Una persona conocida de la madre tenía una hija única gravemente enferma a la que los médicos dieron por desahuciada y pronto su entierro. Encomendó a sor Juana de la Madre de Dios orase y padeciese por su niña, lo que hizo la religiosa ante la imagen de santa Rosa de Lima.

Con gran discreción llevó el recado, ocultándole la esperanza de buen término que le transmitía la santa. Llegada la noche del día señalado para el enterramiento, la enferma empezó a gritar lo que los presentes tomaron por delirios:

– ¡Aquí está santa Rosa! ¡Veo a santa Rosa!

Al día siguiente despertó pidiendo a gritos que la vistiesen, pues quería levantarse y pasear por la habitación, y a pesar del consejo contrario de los médicos, accedieron a su petición. Desde ese instante, fue mejorando hasta recobrar por completo la salud.

En recuerdo de la santa y su intercesión, la niña se puso su hábito y nombre. Cuando cumplió los nueve años entró en el convento de la Concepción y sirvió a sor Juana de la Madre de Dios en lo que pudo.

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