El Lignum Crucis.

EL LIGNUM CRUCIS

 

En la casa-palacio de estos últimos carvajales, llamada de los Duques de Abrantes, sita en la plaza del Duque, existe una capilla construida en el patio central, en la que de antiguo se veneraba un trozo de madera, cuya importancia era proceder de la misma Cruz donde tuvo su último aliento Jesucristo. Era el Lignum Crucis, celosamente custodiado en la citada capilla, llamada de la Santa Cruz, o de la Excomunión, levantada por Francisco de Carvajal y Sande, y lugar que hasta hace un par de siglos era destino de peregrinaciones.

Historias y leyendas olvidadas hoy, que nos hablan del expolio que un tío del anterior, Bernardino de Carvajal, a la sazón cardenal en Roma, había cometido en el mismo Vaticano, llevándose oculta la reliquia en una de sus idas y venidas.

Se cuenta que el Papa Inocencio VII, queriendo evitar la excomunión del prelado y privarle del Capelo, sabedor de que la restitución del Lignum Crucis era ciertamente empresa ardua, obligó al Cardenal a levantar siete ermitas a su cuenta en señal de penitencia, así como a conservar y entregar a la pública devoción el trozo del divino madero, reputado como de los más grandes que circulaban por toda la cristiandad. Y cumplió la penitencia impuesta, pues a su costa vieron la luz las ermitas de los Mártires, de San Blas, de Santo Vito, de San Marquino, de San Antón, de San Bartolomé y de las Candelas.

Tras siglos de servir a la veneración local, que en mucho número concurría ante el Lignum Crucis con sus esperanzas y ruegos, un buen día del siglo XIX, una descendiente de la familia, decidió por su cuenta y riesgo, y amparada en el desconocimiento que de tal acción estaban las autoridades locales y pueblo, trasladar la reliquia a Madrid, siendo toda protesta en vano cuando se dio a conocer lo sucedido.

La leyenda afirma que el Cardenal fue arrojado al mismísimo infierno por efecto de la felonía cometida por estos descendientes suyos, desconocedores de la maldición del Santo Padre que pesaba sobre su antepasado si se incumplían alguna vez cualquiera de las condiciones de la penitencia impuesta por aquel robo. Los documentos informan que sobre tal acción pesaba pena de ser excomulgado quien la cometiese, por disposición testamentaria expresa de Juan de Carvajal y Sande, conde de la Enjarada, cuarto nieto de los fundadores del mayorazgo al que estaba afecta la reliquia, quien así lo había solicitado a Su Santidad el Papa y procurar de este modo que se conservase en su patria, Cáceres, tan preciado tesoro.

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