Ana la casareña.

ANA LA CASAREÑA

 

De estas u otras suertes se libró, por los tiempos en que vivió y ejerció, la bruja, ésta parece que sí, más famosa de cuantas la Historia nos ha dejado en Cáceres, Ana la Casareña.

Lejos de poseer un aspecto grotesco, narices aguileñas, verrugas en la cara y cabellera desgreñada, era mujer lozana y presta, a más de sus habilidades brujeriles, a solazarse a buen precio, y no con el diablo precisamente. No obstante, su oscura fama se debió a sus prácticas oscuras y, según nos han dejado las crónicas, maléficas.

Cuando un niño moría en la Villa, se veía a la Casareña vagando sola las noches siguientes por el cementerio, y la imaginación de las gentes creó el bulo de que los bebedizos o ungüentos que usaba para ciertos hechizos y encantamientos no eran otra cosa que un preparado de hierbas con vísceras y algún que otro hueso extraídos de los cadáveres aún frescos de los infortunados infantes, los cuales desenterraba en un macabro ritual y les extraía los citados ingredientes para sus pócimas. Pócimas que servían para cualquier asunto que llegara a su conocimiento, siendo usual en ello que elaborara el bebedizo en luna menguante o en luna creciente, según su uso fuera para fines deshonestos o para garantizar buen término.

Ni lo oscuro de su fama, ni el daño que se decía causaba, impidió al supersticioso pueblo, y aún otras personas de alguna cultura, llegar a ella en busca de remedio a los males que les aquejaban. Y debieron ser muchos y variados sus artificios, si bien se presumió experta en aojamientos, enamoramientos y retiradas de leche.

Quien se cruzaba con ella, no levantaba la vista del suelo, y especialmente las embarazadas procuraban no coincidir en lugares públicos con la bruja, abandonando atribuladas el lugar si se producía la infausta circunstancia. Publio Hurtado recoge el recuerdo de quien coincidió con la Casareña, allá por los 40 ó 50 del siglo XIX, que siendo anciana aún sentía erizarse la piel al acordarse de ella:

Cuando iba la Casareña a mi casa a jechar (limpiar) el trigo, ninguna de las personas que había en el zaguán se atrevían a mirarse, ni a levantar los ojos del suelo. Todas le cedían la vez; y la que tenía algún niño de pecho escurría el bulto y desaparecía en cuanto podía.

Fuera o no por acto o maldición la extraña muerte de un famoso clérigo de la Villa, el pueblo no creyó otra cosa de que artes oscuras estaban detrás de este suceso que les mantuvo en vilo algún tiempo. Se tuvo la muy fuerte sospecha que Ana la Casareña había practicado un arcano conjuro que segó de mala manera la vida del religioso. Años atrás, el Santo Oficio había aconsejado a todos los párrocos, confesores y predicadores de las diócesis extremeñas, de instruir a los feligreses y fieles en evitar el pernicioso y abominable proceder de mujeres que se dedicaban a la brujería. El clérigo muerto se había significado desde los altares en esta tarea, y las pobres gentes creyeron que, por este motivo, había sellado su destino, al encender las iras de la bruja cacereña.

Amparados en el anonimato de la multitud, los más esforzados se personaron ante el Alcalde a quién se le solicitó que ordenara a la Casareña un alejamiento perpetuo de la población, y dar término así a tanta tribulación y misterio. El edil se negó, pues… su mujer acababa recién de parir una niña y corría malamente el riesgo de que le fuera retirada la leche.

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