La marchionissa intacta.

LA MARCHIONISSA INTACTA

 

Dejamos con esta historia la Cuesta de Aldana, y nos vamos y paramos en el cercano palacio de la Generala, que es el nombre popular por el que lo conocen los cacereños desde hace un par de siglos. Resulta más apropiado, si nos atenemos a sus más célebres propietarios en el pasado, palacio de los Marqueses de Camarena, quienes lo fueron hasta 1860. Luego, y hasta hoy, pasó por diversos usos, como circunstancial sede del Ayuntamiento, de los sindicatos católicos, del Diario Extremadura o de la Universidad de Extremadura, que acabaron por arruinar la belleza de su interior.

Pero dicho queda: ¡palacio de la Generala! Lo que se debe a María Cayetana Vicenta de Ovando y Calderón, V Vizcondesa de Peñaparda de Flores, llamada la Generala porque enviudó siendo relativamente joven de un famoso general cacereño, Vicente Francisco de Ovando y Rol de la Cerda, Capitán General de Extremadura y I Marqués de Camarena la Real, del que fue su segunda mujer y personaje tan conspicuo en lo público como controvertido en la esfera privada.

Hacemos un alto para dar cuenta de un frecuente error de quienes creen fue la Generala María Josefa de Ovando Carvajal y Castejón, señalando que esta dama ni vivió en este palacio que nos ocupa, al no pertenecerle por línea familiar, ni estuvo casada con general alguno mientras vivió, pues su marido, viudo ya, alcanzó el grado después de fallecida su señora.

La vida de Camarena, apodo por el que era conocido el general que nos trae a cuento, tuvo tintes folletinescos en algunos episodios biográficos, aquellos quizá más alejados de su probada y reputada carrera militar, que puede seguirse en el estupendo estudio que sobre la Casa de Ovando nos ha ofrecido Mayoralgo y Lodo. El ánimo de glosar el anecdotario cacereño, hará que divaguemos por este derrotero, lejos, conste, de socavar el valor o la propia valía del militar, que más bien hay que encontrarlo en el ejercicio de su oficio, que no en la esfera personal.

Camarena tuvo la mala fortuna de quedar huérfano de padre a la pronta edad de cuatro meses, a lo que no ayudó las malas relaciones que luego al parecer mantuvo con su madre. Ésta, no obstante, concertó para él buen casamiento, con la IX Marquesa de Falces, María Teresa González de Castejón Peralta y Velasco, descendiente de la legendaria, y orgullo navarro, Ana de Velasco.

Como era habitual en estos casos, al tiempo del contrato matrimonial la marquesa se hallaba todavía en floración, y a la edad de 19 encontró lo que no esperaba en el aún imberbe marqués: con apenas 13, y una difícil infancia a cuestas, no poseía los mínimos para hacer feliz a una mujer seis años mayor; en todo, pero particularmente en aquello que su posición social obligaba: hacer lo posible por asegurar la descendencia y la perpetuación de la familia y de los títulos a ella afectos.

En fin, matrimonio como contrato, había que consumar…

Y Camarena no consumó, pues por encima de besos, abrazos y hallarse ambos en ropa que naturalizase los instintos oportunos, empezó a odiar a la noble esposa, lo que terminó por acentuar su incapacidad de consumar el matrimonio, soliviantándole de tal manera que sometió a la pobre mujer a una rutina de violencia doméstica. La llevó prácticamente desde el inicio a una vida miserable de la que le salvaron sus escrúpulos de conciencia. Tras tres años de soportar vejaciones, inició, a instancias de su director espiritual, juicio de nulidad ante la Curia Episcopal por matrimonio rato y no consumado.

Comoquiera que aún convivían juntos, el Marqués no dudó en intentar asestar un golpe certero y definitivo a las pretensiones de la Marquesa de Falces, que salvaguardase por demás su autoestima viril del escarnio público a que se vería sometido de trascender su impotencia. Así tuvo, en más de una ocasión, la intención de romper su virginidad, para lo que intentó hacer uso, a falta de otras formas más naturales, de sus manos y dedos. Aún así no logró su propósito, pues consta que, inquiridas en el juicio, hasta siete obstetrices o parteras hicieron examen del estado del Virgo, y hallaron a la Marchionissa intacta et Virgo reperta est.

Definitivamente, el juez declaró la nulidad del matrimonio por rato y no consumado propter impotentiam naturalem marchionis (“por la impotencia natural del Marqués”), estando ya la Marquesa recogida en un Monasterio de monjas agustinas descalzas.

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