Amores de un cura con una zapatera.

AMORES DE UN CURA CON UNA ZAPATERA

 

Abandonaremos el tema de las ejecuciones con otra que se celebró en la Villa. Por los sucesos que la rodearon la consideraron en su día extraordinaria y que algo sobrenatural la había acompañado; al menos en los mentideros se buscaron todo tipo de explicaciones a lo sucedido, a cual de ellas más inverosímil. El verdugo se ganó malamente el sustento, por la inesperada intervención de la madre naturaleza, aunque hubo muchos que creyeron que ésta no había tenido nada que ver.

En esta ocasión, el patíbulo no lo levantamos, como dijimos, a los pies de la torre de Bujaco. En el siglo XIX se consideró lugar más apropiado para las ejecuciones y castigos públicos la zona conocida como Eras de los Mártires, hoy Paseo Alto. Donde se levanta la Plaza de Toros, durante un tiempo allí se encontraba el rollo, o columna de la vergüenza en la que se sometía a escarnio público a los malhechores, para su deshonra y castigo. Por este motivo, el paraje recibió, durante algún tiempo, el nombre de Cerro del Rollo.

Suprimidos los ajusticiamientos en exposición en rollo, el lugar se consideró idóneo para ubicar en él el garrote, y de eso supo nuestro siguiente protagonista.

Un cura de origen noble, llamado José Rodríguez, estando de oficios en Calzadilla de los Barros se enamoró de la mujer de un zapatero, a la que cortejó y de la que obtuvo sus prendas en más de una ocasión. Perdido el juicio por causa del demonio de la lujuria, como le estorbara el marido, para dar más libertad a su secreto e ilícito contubernio, decidió darle muerte, y así hizo. Y por ello fue buscado, capturado y sentenciado con pena de muerte en garrote noble.

El día de la ejecución en Cáceres, el 18 de octubre de 1839, se inició perfecto, pues apenas una sola nube empañaba el cielo azul, lo que facilitó una fuerte afluencia para asistir al paseo del paciente, dada la expectación creada. Sobre todo entre el público femenino, al darse a conocer que el cura, tarde y torpemente arrepentido, había solicitado en vano que se le alejara de su vista a las mujeres, pues consideraba impío su sexo, causante de su perdición.

Éste, como quedó reflejado, montado en caballo, desnudo medio cuerpo arriba y fuertemente atado, sí llegó al patíbulo y se sentó en el banquillo. El verdugo le pasó el aro metálico del mecanismo por el cuello y le tapó la cabeza con un capuchón negro, mientras se escuchaban los rezos del asistente. Y el verdugo llegó, incluso, a girar la rueda del tornillo destinado a romper la médula espinal a la primera vuelta del torniquete, pero…

La sola nube que empañaba el cielo azul, con la mañana había ido adquiriendo tonalidades oscuras, y en los minutos previos a la ejecución ya amenazaba tormenta. Con tal aparato que, en el instante justo en que el sayón giró la rueda, tronó de tal manera que toda la asistencia se llevó un fenomenal susto, y entre todos el propio verdugo, quien en el crítico momento el sobresalto le impidió rematar de forma acertada la operación que tenía encomendada. Y al darse cuenta, rápidamente quiso reparar el error, introduciendo un pañuelo en la boca del ajusticiado, que lo mismo daba a esas alturas que muriera por garrote que por asfixia, con tal de salvar la maldita reputación de que era acreedor.

Con igual rapidez, dio fe y testimonio de la muerte del asesino José Rodríguez el escribano, apremiado por la tempestad de agua y relámpagos que estaba asolando la zona. Y todo el mundo desapareció en un decir Jesús, salvo, lógicamente, el cadáver del cura y un retén de cabo y soldados para su custodia.

Sucedió que, al cabo de unas horas, uno de los militares creyó que el muerto se movía y así se lo comunicó al cabo, que al cerciorarse que era cierto, dudó si rematarlo o dar parte, y temiendo que de optar por lo primero encontrara problemas, tomó el segundo criterio y allí se personó un médico que certificó que el religioso aún no había colgado los hábitos de la vida.

¡Y aquí es nada! Regente y alcaldes del Crimen no se pusieron de acuerdo sobre cómo proceder, si perdonar la vida al paciente o darle segundo garrote, a la par que una parte del pueblo veía en todo este asunto el fruto de la intervención divina. Y mientras todos los absurdos inimaginables se cernían en las mentes de la Villa, finalmente el cura José Rodríguez vino a apaciguar los ánimos, muriendo sencillamente en el hospital al que habían llevado su malogrado cuerpo mientras aclaraban qué decisión tomar.

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