La Virgen de la Paz

LA VIRGEN DE LA PAZ

 

La historia nos cuenta la llegada a Cáceres de un tal Lázaro Laso, un beato que venía acompañado de una representación de la Virgen de la Paz. La advocación a esta Virgen se remonta a los tiempos del rey Alfonso VI, allá por el año 1085, en que por intercesión de la Madre de Dios, un día 24 de enero logró aplacarse de manera milagrosa una potencialmente sangrienta sublevación morisca en Toledo, por entonces capital castellana. El beato le encontró acomodo en la parte alta del portal de los Escribanos, donde, por aclarar la historia, estaba el Coliseo, lugar de reunión de los vecinos de la villa.

A los pocos años este portal se cerró con una reja adornada con ramos, siendo motivo del cerramiento que ante la advocación se hallaba un banco, y todo aquél que se sentaba en él debía necesariamente darle la espalda a la sagrada imagen. Esto se consideró un acto irreverente, de ahí que se quitase y se pusiese la verja, que, por cierto, tampoco existe ya.

Más allá de esta anécdota, tal devoción suscitó la imagen que en pocos años se solicitó al Ayuntamiento un templo en el que adecuar mejor el culto, y ahí estaba el ruinoso estado de la ermita de San Benito, para levantar sobre su solar la actual dedicada a Nuestra Señora de la Paz.

En el ámbito de la leyenda hay que situar otra versión del origen de la devoción en la Villa por la Virgen de la Paz. Nos cuenta que Lázaro Laso fue un cacereño sensible a los actos inmorales y continuos enfrentamientos que, con cada vez mayor frecuencia, tenían como escenario la Plaza de la Villa. Devoto de la Virgen María, construyó por sí mismo un santuario dedicado a su culto.

Cuando terminó su obra, colocó en el altar la imagen de la Santísima, a la que imploró que mediase para dar fin a tanto escándalo. Se dice que la Virgen le escuchó, y en poco tiempo transformó en un recinto de paz lo que antes era lugar de banderías.

Alborotos y otras indecencias que no se comentan hubo en los primeros tiempos de esta ermita, hasta el punto de que en el año 1751 se decidió cerrar el pórtico de la entrada con la artística reja que hoy podemos disfrutar. Con ella se evitó lo que era lugar de encuentro de maleantes, que a su sombra cometían cosas indignas de ser nombradas.

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