El derribo de la puerta Nueva

EL DERRIBO DE LA PUERTA NUEVA

 

Hemos llegado al magnífico pórtico de entrada al recinto amurallado que supone el Arco de la Estrella, tras el cual el silencio y la belleza armonizan para ofrecer un conjunto de sensaciones que sólo la experiencia en vivo es capaz de transmitir. No es el único acceso, pero sí el más “moderno” de los que actualmente existen.

Antiguamente se la llamaba por tal motivo la Puerta Nueva, y se cuenta que su origen fue un boquete realizado en una de las numerosas embestidas leonesas que sufrió esta parte de la muralla en los albores del siglo XIII.

La privilegiada situación como paso obligado entre la Plaza Pública y la iglesia de Santa María convirtió la Puerta Nueva en la principal, de tal grado que, comenzado el siglo XVIII, los nuevos tiempos aconsejaban que fuera ampliada para permitir una mayor afluencia y comodidad en el tránsito.

Lejos de tomar en consideración carros y carretas, Sancho de Velunza y Corcuera, obispo de Coria en el año 1726 en que se producen los hechos que motivan el siguiente relato, con el carácter pasional y ciertamente torcido que tenía, supuso momento idóneo para ubicar, en una capilla de humildes proporciones situada en lo alto de la Puerta Nueva una imagen en mármol de la Virgen, encargo que, sin pedir parecer a nadie y en absoluto secreto, había realizado al Maestro Lapidario de la vecina Badajoz.

Feliz ante el resultado y deseoso de dar una sorpresa a sus feligreses, ignorantes éstos de sus cavilaciones, utilizó el silencio y recogimiento de la noche del 29 de junio para dar entrada a dos carretas que traían oculta la estatua desde la ciudad hermana y hacerla colocar en cuanto fuera posible, y hasta entonces la ocultó en la Casa Episcopal. El misterio, que sin duda fue comidilla de la Villa, empezó a desvelarse dos días después, cuando los Maestros comenzaron a demoler la Bóveda y Nicho Antiguo de la antigua capilla de la citada Puerta Nueva.

Pero, ¿qué había sucedido que en la mañana del 1 de julio la imagen no estaba puesta, y el arco estaba de obras? Algo en que no había reparado su eminencia: la estatua encargada era más grande que la capilla, y por propio parecer, sin rendir de nuevo cuentas a nadie, mandó derribar ésta y hacer otra mayor. Estas pretensiones fueron, así, conocidas por el Concejo, que urdía, por otro lado y no sabemos si con desconocimiento del Obispo, planes de derribo, no de la capilla, sino de toda la Puerta, por considerarla angosta e incómoda, estrecha para el paso de los carruajes. Las pretensiones del prelado causaron malestar y un conflicto entre los estamentos civil y eclesiástico, ya que ambos se arrogaban su exclusiva competencia sobre el asunto: Sancho de Velunza, pues al existir de tiempo inmemorial una imagen de la Virgen consideraba la Puerta lugar sagrado, frente a Corregidor y regidores, que alegaban era lugar de tránsito y, por tanto, público.

El obispo, rematado ya su juicio diría Cervantes, alegó estar frontalmente en contra de tal ensanchamiento pues el ruido de los carruajes le molestarían en su palacio… ¡Vamos, que no podría dormir ya cómodamente las siestas!, ocultando su verdadero deseo, que no era otro que el poder disfrutar de la imagen cada vez que se asomara a la ventana de sus aposentos, situada precisamente a vista de la Puerta, en la torre trasera de su Palacio.

El primer escenario del enfrentamiento fueron los desgraciados trabajadores que seguían con la obra encomendada por el primero, desconocedores de todo este disparate. Recibieron, de una parte, la amenaza del Ayuntamiento de imponerles una multa de 50 ducados si continuaban su labor; y de otra, del Obispo una sanción que pudiera derivar en excomunión si no lo hacían.

Ante tal actitud, el 3 de julio, la autoridad civil pidió a don Bernardino de Carvajal que tirara el Arco esa misma noche (con nocturnidad y alevosía suele decirse ahora). Este señor, II Conde de la Quinta de la Enjarada y propietario del Palacio de Moctezuma, próximo a la Puerta Nueva, era quien más solícito se mostraba por una entrada al recinto amurallado que fuera más ancha que la conflictiva y quien, postreramente, se haría cargo de todos los costes. Esto último pesó sobremanera en la decisión de los regidores, de los que formaba parte como uno de ellos.

Y esa misma noche desapareció la Puerta Nueva.

En su lugar, Manuel de Larra y Churriguera fue el arquitecto encargado de diseñar y levantar la actual, con tales ángulos que el esviaje de sus paredes debía privilegiar, lógicamente, el paso del carruaje del mecenas a cuya costa se hacía la obra.

Contrariado, indignado y superado por los acontecimientos, el Obispo excomulgó a Don Bernardino, por arengar y convencer al Corregidor y resto de regidores, así como financiar tamaña desfachatez que iba en contra del Clero; excomulgó, asimismo, a José Joaquín de Mayoralgo y Chaves, a la sazón Corregidor y, por tanto, último responsable de la decisión; no contento con esto, se conoce que también extendió la excomunión al resto de regidores, es decir, al propio Concejo, que dirigió, en virtud de los sucesos, una pregunta al mismo Vaticano de si la tal excomunión era válida, quedando la cuestión aún sin resolver…

¿Debemos entender que el Ayuntamiento sigue excomulgado?

Para terminar: ¿qué sucedió con la imagen que encargó el Obispo?, pues la que hoy gozamos es otra que mandó colocar el Concejo. Inició un peregrinaje, primero destinada a embellecer la fachada de la Iglesia del Monasterio de San Francisco el Real, y luego la capilla del cementerio, en donde hoy se encuentra, libre aquí del… ruido de los carruajes.

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