Romance del espadero.

ROMANCE DEL ESPADERO

 

La torre de Espaderos tiene su leyenda impresa en el ambiente, que luce de cerradas troneras, matacán esquinado y un bello ajímez. Glosamos a su amparo su romance.

En un tiempo en que Cáceres se hallaba sumergido en luchas de banderías, el honor y el coraje eran las monedas más preciadas por sus caballeros. Sólo la llamada del Rey, para conquistar nuevos territorios al musulmán, o el ataque de un enemigo común, ya fuera el agareno o el portugués, los hermanaba y traía momentos de paz y silencio a unas calles bañadas en sangre de criados y pecheros partidarios del bando de arriba o del bando de abajo.

Cuenta un viejo romance que uno de estos caballeros, encopetado en el arte de la guerra, con fama de excelente mílite y muy preciado de sí mismo, preparando un torneo al que había sido invitado por el monarca castellano, contrató los servicios de un joven espadero con buenas dotes en este oficio y del gusto y respeto de ambos bandos. Su interés no era otro que acompañar su ganada fama arropado de las más bellas y magníficas armas con que asombrar a la Corte y caballeros presentes en las justas, pues atributo suyo era también la arrogancia.

Viudo como era, su otra pasión descansaba en su única hija, bella doncella que prometía provechoso enlace con que engrandecer su posición y a la que mantenía apartada del bullicio de la época tras los fuertes muros del palacio que la cobijaba, con la sola compañía de una criada.

En los enfrentamientos contra los del otro bando, los compañeros de armas del padre accedían a la casa y cruzaban patios y habitaciones para reunirse y batallar desde esta torre. Los caballeros tenían la oportunidad así de admirar, siquiera breves momentos, los progresos en lozanía y belleza de la hija, que adivinaban en fugaces miradas o encuentros casuales. Ganó la doncella, con estos episodios, justos comentarios de ser de las más hermosas que en Cáceres hubiera, premio que el padre guardaba celosamente para quién por posición y riquezas más le conviniere.

Pero como el amor se presenta de forma insospechada, ignorante de otros provechos, el corazón de la joven empezó a suspirar por el espadero, que todos los días acudía presto a trabajar en la fábrica de espada, puñal y lanza que enorgullecieran al señor. Poco conocía de la existencia de la hija sino su silueta tras las celosías, ansioso, no obstante, de saber si eran ciertas las canciones que sobre su beldad se cantaban en la villa.

Llegó el gran día en que el caballero debió presentarse al torneo, y para acudir a la corte llevó consigo en su séquito a la hija y, como ayuda de cámara, al espadero. En efecto, tanto celo puso en deslumbrar a todos que su orgullo se sintió compensado en las sentidas y admiradas aclamaciones a su valor, destreza y armas y la solicitud y homenajes con que muchos caballeros cristianos agasajaron a su hija.

Ensoberbecido por la próspera jornada, acudió a la llamada del rey para iniciar una nueva operación contra los nazaríes y, deseoso de entrar en acción, dejó la doncella al cuidado del espadero, para que regresaran junto con el séquito a Cáceres. Sucedió en el camino que ambos dieron rienda suelta al amor que sentían, pues finalmente el joven había caído también en sus redes, y el romance al que se entregaron fue causa de retrasos en el viaje que alargaran la dicha.

Divisando ya cercanas las torres de la villa, el padre, de feliz regreso de las escaramuzas contra los musulmanes que había proyectado el monarca, dio alcance al séquito que aún no había llegado a su destino, extrañándose de ello pues meses habían mediado en la separación. Sorprendió a los amantes en palabras de amor y de futuro, y montado en cólera apresó al espadero y lo trasladó a las mazmorras de su palacio.

Enloquecido por el ultraje, le sometió a un cruel tormento, empleando en él todas las prácticas de tortura que se le antojaban para que confesase el alcance de la seducción, a lo que sólo obtenía la misma respuesta: la honra de su hija había sido respetada. En su enajenación, el señor hacía caso omiso y redoblaba los esfuerzos en su infame dedicación.

Se cuenta que la joven pudo por fin acceder, en un descuido del padre, a la mazmorra donde agonizaba el espadero y alcanzó a recoger su último suspiro abrazada al mutilado cuerpo de su amante, quien viéndola, antes de morir le dedicó una sonrisa. Tanto dolor le produjo la horrible tragedia de su amor, que en el abrazo también ella murió de pena.

Enterados del fatal desenlace, hubo caballeros que dieron muerte al delirante padre, y para eterno recuerdo de esta historia el propio rey ordenó demoler el palacio… A excepción de la torre, que, alzándose al cielo, en sus entrañas yacen los que por amor murieron, y que llaman torre del Espadero, donde, según la tradición, entonan los amantes en la noche de plenilunio su eterna canción de enamorados.

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