La leyenda de Cáceres: los amores de una mora con un capitán leonés.

LOS AMORES DE UNA MORA CON UN CAPITÁN LEONÉS

 

Cerca de la peña hay una cisterna romana, antaño conocida como cueva de la Mora, de la que se cuenta que era la entrada de un subterráneo por el que una escogida tropa de Alfonso IX accedió a los mismísimos jardines del Alcázar, sorprendiendo a la guarnición almohade que lo defendía del asedio leonés. En este pasadizo se desarrolla la trama de la más bella y conocida de las leyendas cacereñas, con la que terminaremos, no podía ser de otro modo, este paseo por los asuntos más extraordinarios de la Villa antigua de Cáceres.

Cuando el empeño de Alfonso IX le llevó en 1229 ante la mismísima muralla de Hizn Qazris, gobernaba la plaza un formidable Qaid, de ánimo alto e inquebrantable, que no quiso rendir ni entregar su posesión a los cristianos si no fuera con el derramamiento de hasta la última gota de sangre musulmana que lo defendía.

El rey leonés, admirado de la decisión del musulmán, aconsejado ante la vista de la imponente fortaleza, plantó entonces su real alrededor de sus muros, en el deseo de sitiarla y evitar la pérdida de las numerosas vidas cristianas que llevaría ofrecer directamente batalla. Pronto sometería las pocas esperanzas moras de mantener en su poder el baluarte cacereño, y entraría en él victorioso cuando las fuerzas de sus defensores fuesen vencidas por la hambruna.

Pero meses pasaron sin que los almohades dieran noticias de flaqueza, y entre las tropas cristianas empezó a quebrar la paciencia y la fe en una victoria fácil, sometidas además a una vida a la intemperie y a los rigores de las frías noches invernales. Se cuenta que Alfonso IX, para aplacar el desánimo de sus hombres y conocer el estado del de sus enemigos, envió una embajada para entrevistarse con el Qaid y solicitarle su rendición. El gobernador despidió una vez más a los embajadores, con juramentos de fidelidad a su fe y a Miramomelín, el príncipe de los almohades, pues de la derrota dependía su reputación y su honra.

Sucedió que, yéndose de retirada ante el fracaso de su servicio, el capitán al frente de la embajada cruzó una fulgurante mirada con la hija del Qaid, presente en la reunión acompañando a su padre, y un fuego de pasión ardió en el corazón de ambos en tan fugaz instante. La mora mandó, entonces, a una de sus fieles criadas que siguiera en secreto a los cristianos y, esperando la oscuridad de la noche, fuera a la tienda del capitán sin ser vista y le transmitiera un enamorado mensaje:

Acudid con mi aya a donde la Mansaborá, y de allí ella os sabrá conducir, sin nadie que os lo impida, a donde espero impaciente vuestra venida.

Cuenta la tradición que había, desde tiempos árabes, un camino llamado Mansaborá. Avanzaba tortuoso entre los jardines y los huertos cercanos a Hizn Qazris, y por esta vereda el Qaid disfrutaba de pasear y meditar en tiempos de paz, y al que desembocaba un largo y estrecho pasadizo que partía desde el antiguo Alcázar. Gustaba en ocasiones ir acompañado de su hija, y sólo a ella confiaba las llaves de la galería.

En la Mansaborá reveló la criada la entrada del pasadizo, oculta a los ojos cristianos, haciendo prometer al capitán que, por su honor, no lo utilizaría más que para acudir cuando deseara citarse con su señora. Juró el leonés y esa noche entró en Hizn Qazris burlando la guardia musulmana, llegando venturoso a los mismos jardines del Alcázar donde le esperaba la enamorada doncella.

Resultaron vanas las promesas del capitán, pues más que caballero de honor demostró ser soldado fiel a la causa de su señor, y llegada la mañana confesó a Alfonso IX haber seducido a la hija del Qaid y mantenido una entrevista con ella la noche anterior. Para completar la sorpresa del monarca le condujo a la Mansaborá y le enseñó la puerta de acceso a la galería y las llaves que la confiada y amante mora le había entregado para que acudiera a su lado las noches que deseara.

Consumada la felonía, pronta y segura vio la victoria el alfonsino, y en el amanecer del día del santo Jorge de Capadocia, llevó el grueso de sus tropas, auxiliadas por castellanos y caballeros de las principales órdenes militares, a simular un ataque por el lienzo norte de la fortaleza, mientras al capitán, al frente de un grupo reducido de selectos y esforzados soldados, penetraría en la residencia del Qaid utilizando el pasadizo revelado para sorprender y reducir a su guardia personal. Así sucedió, y la jornada del 23 de abril de 1229 fue venturosa para los leoneses, pues el Alcázar fue tomado sin dificultad, sembrando el desconcierto y el terror entre los almohades, e Hizn Qazris pasó definitivamente a manos cristianas. Por tal éxito, la tradición llamó a la galería, la de la Victoria.

El Qaid descubrió pronto la causa de su derrota, y su propia hija le confesó, aturdida por el engaño del amante, las relaciones que mantuvo con el capitán, a quien le había confiado, cegada por el amor, las llaves de la entrada del pasadizo, oculta en la Mansaborá. Conocedor de oscuras y arcanas artes, alzó su ira contra la mora y sus sirvientas, y antes que los soldados cristianos le alcanzaran, las encerró en los mismos túneles donde habían consumado su traición, fulminando contra ellas un poderoso anatema por el cual mandó que las entradas permanecieran ocultas para siempre a los ojos de los mortales, condenándolas a vagar por la galería hasta que lo que hoy perdían volviera a los hijos de Alá.

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